La llave era fría y pesada en mi palma. Un objeto antiguo, fuera de lugar, cargado de un significado que no podía descifrar pero que sentía profundamente ominoso. Pronto. La palabra era un eco siniestro del Siempre del buscapersonas. Santoro no solo estaba anunciando su llegada, estaba marcando el ritmo. Y era un ritmo que yo no controlaba.
Amanda me arrebató la llave y el papel de la mano, mirándolos con horror.
—¿Qué es esto? ¿Qué clase de juego perverso es este?
—No es un juego —murmuré, la