El conteo de Félix era como el latido de un corazón mecánico, implacable, midiendo los últimos segundos de la partida. "Veintiocho... veintisiete..." Cada número, pronunciado con una calma clínica, resonaba en el pasillo y se colaba por la puerta entreabierta de la sala de control, donde Kael se había apostado, su arma apuntando a la entrada.
Rossi, sudando a pesar del frío del aire acondicionado, tenía a Clara agarrada del brazo, usándola como un escudo humano frente a la puerta del sanctasanc