La luz de la linterna de Liam era un sol cegador en la oscuridad perpetua de la celda. Clara apartó la cara, pero no pudo evitar que el resplandor le quemara las retinas. La presencia de Liam llenaba el pequeño espacio, impregnando el aire ya viciado con su olor a violencia y colonia barata.
—Qué cosita más triste —murmuró él, alumbrando con desdén la jerga sucia, el cubo metálico—. Y pensar que podrías estar en tu clínica, jugando a ser doctora. Todo por terquedad.
Clara no respondió. Mantenía