La frustración de no poder descifrar el mensaje de su vecino invisible se convirtió en una obsesión que arañaba los límites de la cordura de Clara. Los golpes y raspados eran ahora el centro de su universo, un acertijo vital en la oscuridad. Pasó horas raspando diferentes combinaciones en la pared: letras del alfabeto, números, signos simples. La respuesta era siempre la misma: un silencio pensativo, seguido del patrón de golpes inicial. Tap… tap… tap-tap. Era como si su vecino intentara enseña