XXVIII

Me despedí de todas las mujeres de la cárcel esa misma tarde, no tuve que contarles que mi pena se había desestimado pues el chisme en aquel lugar corría rápido como el agua de una corriente embravecida. Todas se alegraron por mí, incluso la agresora enferma de Mary, me dijo que sentía todo lo sucedido y el daño que me había hecho siendo que yo era inocente. Acepté su disculpa, habían personas que llegaron a hacerme cosas peores y nunca tuvieron el valor de buscar mi perdón.

Mary Jellah era
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