No regresamos a aquel horripilante calabozo sino que me encerro en una cabaña semiderruida en medio de aquel bosque que colindaba al río donde me había torturado. Era un lugar húmedo y frío, plagado de musgo verde en su interior, con piso de tierra y sin ningún mueble. En ese lugar me sumergí en una terrible agonía por el frío que se me metió hasta lo más profundo de mis huesos.
Ya estaba cansada, a este punto la muerte sería un regalo y no una desdicha. No quedaba nada de mí: estaba en los hu