Adriano cortó la llamada, me miró con la típica cara de loco que traía casi todo el tiempo desde que me había secuestrado: los ojos desorbitados, una sonrisa lobuna, las cejas hirustas como las de un hombre lobo combinadas con esa barba mal cuidada le daban aspecto de vagabundo. Olía mal como un pordiosero, me daba incluso algo de pena al verlo... Había dedicado tanto tiempo a esto.
La pena que sentía por él era por ver como se le iba la vida en aquella venganza sinsentido contra una mujer que