La cárcel no era aquel mundo criminal cargado de narcotraficantes, sicarias y toda clase de bandidas; no era aquella representación televisiva tan artificial de uniformes naranja chillón, consumidores de crack y poderosos que mueven sus recursos para conseguir lo que quieren aún estando presos. No. La prisión femenina a la que fui era un lugar triste, el más triste del mundo, era el abandono total, la marginalización de mujeres sin opciones, pobres, excluidas, olvidadas, ultrajadas, violentadas