Irene tragó saliva, sintiendo el peso abrumador de la verdad en sus hombros mientras se enfrentaba al emperador. Sabía que no podía negar la realidad de su pasado, pero tampoco podía permitir que su identidad la definiera. Con la espalda erguida y la determinación en sus ojos, respondió con voz firme:
—Sí, mi señor, es verdad que fui una esclava. Pero también es verdad que he luchado por mi libertad y he demostrado mi valía en este palacio.
El emperador la observó con atención, sus ojos oscuro