Con el poder recién consolidado en sus manos, Lucius no dejó lugar para la duda o la vacilación. Con una determinación fría y calculadora, ordenó el arresto de Publius Caesar, temiendo que su antiguo rival pudiera representar una amenaza para su nuevo reinado. Los soldados, cumpliendo obedientemente las órdenes de su nuevo emperador, se abalanzaron sobre Publius y lo arrastraron hacia las sombrías profundidades de las mazmorras del palacio.
Mientras tanto, Irene fue llevada ante Lucius, cuyos o