La ceremonia de matrimonio se llevó a cabo con una pompa grotesca que Irene sintió como una burla cruel a su libertad. Lucius, enfundado en un manto púrpura que ahora le pertenecía como emperador, la tomó del brazo con una sonrisa de triunfo, mientras la corte observaba con silenciosa sumisión. Los soldados permanecían en formación rígida, testigos mudos de un enlace que carecía de amor y estaba impregnado de imposición y estrategias de poder.
Irene, vestida con un traje nupcial resplandeciente