De pronto, todas las miradas estaban en Gemma y ella no supo dónde meterse. No podía creer que las náuseas habían decidido aparecer justo en ese momento.
«No podían ser más oportunas», pensó con ironía.
Se obligó a esbozar una sonrisa, tragó saliva y contuvo la respiración con la esperanza que las nauseas pasaran tan pronto dejara de oler aquel desagradable aroma.
—Sí —logró responder, pero el aroma del postre se coló en su nariz antes de que pudiera cerrar la boca. El revoltijo en su estómago