Artem
El rugido del motor de mi camioneta era lo único que lograba acallar los gritos en mi cabeza. Conducía por la carretera nevada como un maníaco, con las manos apretadas al volante con tanta fuerza que los nudillos me dolían. La nieve golpeaba el parabrisas, pero no la veía; solo veía la imagen de Naia en el suelo del baño, con las manos sobre su vientre y esa mirada de vulnerabilidad que me estaba destrozando el alma.
Un bebé.
La palabra se sentía como una sentencia de muerte. Mi mente, e