Artem
El silencio de la madrugada en Moscú siempre me había parecido una tregua necesaria, pero esa noche se sentía diferente. Era una calma tensa, como la que precede a una emboscada. Estaba despierto, observando a Naia dormir bajo la luz plateada de la luna que se filtraba por el ventanal. Su respiración era pesada, el ritmo tranquilo de una mujer que cargaba con el futuro de mi linaje.
Me permití un segundo de paz, uno de esos raros momentos en los que el Zar de Moscú bajaba la guardia.
De