Artem
El aire de Moscú era un cuchillo de hielo cuando salimos por las puertas privadas de la clínica, pero esta vez el frío no me produjo esa alerta visceral de siempre.
Tenía mis brazos ocupados por el peso más valioso y frágil que el universo me había entregado Mijaíl. A mi lado, en una silla de ruedas empujada por una enfermera bajo mi supervisión letal, estaba Naia. Se veía pálida, sí, y sus movimientos aún eran cautelosos por la cirugía, pero estaba viva. Respiraba el mismo aire que yo.