Naia
La cena estaba servida, pero para mí, la mesa parecía un campo de minas. El aroma de la sopa de verduras, que Katia y yo habíamos preparado con tanto cuidado, ahora se sentía como un ataque directo a mis sentidos.
Me senté frente a Artem, tratando de mantener la compostura, de sonreír, de ser la mujer que él esperaba encontrar al regresar de la guerra pero mi cuerpo tenía sus propios planes, y mi secreto pesaba más que el plomo en mi vientre.
Artem me observaba mientras hablaba con Katia