Capítulo 2

Cinco años pasaron y Elian ya debía volver a casa. Invitó a Silvia a irse con él y ver si las cosas habían vuelto a la normalidad, pero ella todavía no confiaba en eso. Alberto seguía vivo, para la decepción de Silvia, y sus padres le decían una y otra vez que el señor Anzola todavía seguía resentido por lo sucedido.

Silvia no confiaba en que fuese buena idea volver a Italia, hasta que recibió una extraña llamada un día. La llamada no era lo extraño en sí, pues el teléfono de la tía de Elian sonaba en todo momento. Solían ser sus vecinas chismosas con alguna historia nueva, por lo general.

Pero aquella tarde, la llamada en realidad era para Silvia. Y la parte más extraña de toda era que quien la llamaba era Alessandro Caruso, el padre de Elian. Alessandro la había contratado en ocasiones anteriores para algunos asesinatos sencillos, y ella siempre lo había logrado con éxito.

Al descubrir quién era el de la llamada, de inmediato Alyssa le contó que Elian se había regresado a Italia hacía unos días atrás. Pero Alessandro la interrumpió diciendo que no llamaba por Elian.

– En realidad, llamaba para hablar contigo –le informó Alessandro. Silvia de inmediato irguió su postura y miró hacia ambos lados del corredor para asegurarse que la anciana tía de Elian no venía por ningún lado–. ¿Estás dispuesta a oír lo que tengo para decirte, Silvia?

Ella tragó, pero se obligó a detener su corazón desenfrenado. Desde aquel día que falló la bala, aquellos ataques de miedo seguían invadiéndola. Silvia reconocía para sí misma que aquellos ataques la hacían ver débil, así que intentaba siempre hacer su máximo esfuerzo para que la gente no lo notara.

Nadie podía saber que ella era débil, que ella tenía miedo. Silvia seguía siendo la misma fuerte y valiente soldado que no trastabillaba al asesinar.

– Sí, señor. Dígame, ¿qué necesita de mí? –Silvia usó su voz firme de negocios.

Alessandro rio gravemente a través del teléfono.

– Yo no necesito nada de ti –eran solo seis palabras simples que señalaban lo obvio, pero por algún motivo se sintieron como una bofetada de burla para Silvia–. En realidad, yo soy el que te tiene que ofrecer algo a ti. Es una propuesta, si estás dispuesta.

– Dígame, señor. –Respondió Silvia.

– Te traeré de nuevo a Italia, te esconderé de Alberto Anzola y haré que el gobierno ignore lo sucedido con el atentado –aquello llenó de ilusión a Silvia por primera vez en años–. Podrás ver a tus padres, regresar a tu casa, volver a tu antigua vida. Tengo los medios para traerte; tendrías que cambiar de nombre, quizás, como si empezaras una nueva vida. Te daré lo que necesites: boletos, documentos de identidad nuevos, personal que te escolten hasta que estés a salvo.

Silvia suspiró con pesadez. Aquello había sido su sueño durante los últimos años de vida, aquellos en los que estuvo encerrada en Inglaterra porque no podía pisar su país de nacimiento.

Pero Silvia no se confiaba con aquella bonita y bondadosa oferta.

– ¿Y qué me pedirá a cambio, señor? –Silvia miró con preocupación la pared frente a ella. Si Alessandro le pedía algo imposible, algo que ella no pudiese costear, se habría ilusionado para nada–. No crea que no sé cómo trabaja. Es el amo de los préstamos y favores, y no haré un trato con usted sin saber qué pedirá a cambio de mi libertad.

Alessandro volvió a reír. – Chica astuta –apremió–. Sin duda pediré un favor a cambio, pero por los momentos no tengo nada que necesite de ti. Igualmente, aunque no te pida nada ahora, no creas que abusaré de ti. Tus padres y yo somos buenos socios. No arruinaría una asociación así, solo por algún favor que pueda pedirte. Además, sé que eres una gran amiga de mi hijo Elian, y que en parte has sido de buena influencia estos años en Inglaterra para él.

Silvia asintió, como si él pudiese verlo.

– El señor Elian y yo nos llevamos bien, efectivamente, pero no creo que pueda fundamentar este favor que me está haciendo en base de buenas amistades en nuestras familias.

Alessandro suspiró.

– Hija, estoy intentando ayudarte. No sabes lo que está ocurriendo aquí y creo que mereces enterarte –Silvia se sintió mal por ser tan irrespetuosa con el señor Caruso. Si bien ella nunca lo conoció tan bien como para que él la llamara "hija", que lo hiciera había removida una fibra blanda en Silvia–. ¿De verdad rechazarás esta oferta?

Y era cierto, Silvia no la dejaría pasar.

– ¿Cuándo puedo irme?

🔪

Cuando Silvia volvió a pisar Italia después de lo que a ella le pareció toda una vida, un hombre de cabello rojo y un cuerpo enorme y musculoso la esperó en el aeropuerto. Se presentó con el nombre de Dario Mockery, pero a Silvia no le pareció exactamente confiable alguien con un nombre como ese.

– ¿Alyssa Ferrara? –Preguntó Dario, quien Silvia comenzaba a notar que en realidad parecía algún tipo de guardián o guardaespaldas.

Un soldado con guardaespaldas, eso era algo completamente ilógico. En especial porque Dario le arrancó su bolsa a Silvia sin siquiera esperar que ella confirmara su identidad. Aunque, bueno, acababa de bajarse del jet privado de Alessandro. Era obvio que ella era quién Dario debía buscar.

Solo que en realidad no lo era.

– Lo siento, no soy Alyssa o quién sea –Silvia volvió a quitarle su bolso con sus pocas posesiones a Dario, quien la miró perplejo–. Sí, mafiosa equivocada. Ahora, déjame en paz, simio.

Silvia se dio media vuelta para irse a cualquier lado del aeropuerto que pudiera alejarla de aquel hombre extraño. Pero la voz de Dario interrumpió la caminata de Silvia.

– Imposible –exclamó en un murmuro–, porque Alyssa Ferrara es usted.

Aquello hizo que la sangre de Silvia se reemplazara con hielo. Ella se giró de nuevo hacia Dario para darle un golpe en las bolas si era necesario y la dejara de molestar, pero Silvia vio que él ofrecía algo en alto y ella se acercó con curiosidad. Era una tarjeta de identidad junto a un pasaporte, y en ambos el rostro de Silvia se elevaba, con sus facciones marcadas y sus ojos cafés, su cabello despeinado como siempre ya que nada lo aplacaba, y sus pecas que adornaban los hoyuelos de sus mejillas. Era ella inconfundiblemente.

Pero el nombre no coincidía.

– No, no, no –el corazón de Silvia estaba corriendo a toda velocidad, mientras tomaba en sus manos los documentos de identidad y los examinaba con cuidado, procurando descubrir qué era lo que sucedía–. Yo no soy Alyssa. Mi nombre es...

– Alyssa Ferrara –insistió Dario, mirando a Silvia con una mirada indescifrable. Casi parecía que quería reprenderla, pero se contenía. Solo que sus ojos revelaban aquella cosa grave y puntual que necesitaba ser atendido–. Usted es Alyssa Ferrara, hija de Danielle y Sam Ferrara. ¿Se olvida?

La mirada de Dario se distrajo un momento, mirando de reojo a unos policías que estaban cerca de donde ellos estaban. No estaban exactamente vigilándolos, pero Silvia notó con rapidez que esos policías estaban cada vez más cautivados por el avión. Silvia los miró con atención a penas unos segundos para notar que, aunque parecían muy reales, ellos en realidad podían estar en cubiertos y ser personal que trabajaban para el gobernador o para Alberto Anzola.

Eso, y algo más que también heló las venas de Silvia cuando lo recordó. "Tendrías que cambiar de nombre, quizás, como si empezaras una nueva vida". Alessandro se lo había advertido y Silvia no lo había tomado en serio. Ella estaba teniendo una nueva vida.

Boletos, documentos de identidad nuevos, personal que la escoltara hasta que esté a salvo. Todo tal cual Alessandro Caruso lo había dicho, había sucedido.

El tipo tenía poder y dinero, aquello no era de dudar, pero quizás sus esperanzas en que el pago de Silvia era bueno, estaba comenzando a ser cada vez más pesado. Ella no tenía dinero, si eso era lo que Alessandro pediría a cambio. Pero quizás solo la había traído de vuelta porque necesitaba que ella se hiciera cargo de algunos cadáveres.

En realidad, Silvia esperaba que Alessandro solo necesitara que ella se hiciera cargo de unos cadáveres y no fuese nada peor.

– Sí –aceptó Silvia–, soy Alyssa Ferrara.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App