Capítulo 3

El camino hacia la mansión de los Caruso fue un poco tedioso. Alyssa lo tomó lo mejor que pudo, pero debía admitir que por dentro estaba a poco de colapsar de los nervios. Su corazón latía cada vez más fuerte, con más rapidez. Aquel temor paralizante, que la hacía errar tiros en azoteas, estaba invadiendo nuevamente sus emociones.

Ella luchaba con eso cada día desde entonces, con sus emociones y sentimientos. En el mundo del sicariato y la mafia en general, se debía ser frío todo el tiempo. Si uno se permitía sentir, aunque sea una mínima chispa de cualquier emoción, podría provocar un incendio que no se apagaría fácilmente.

Y bueno, Alyssa había confirmado ese pensamiento cuando tuvo que huir cinco años a Inglaterra por un tonto error de puntería. Ella agradecía siempre a los cielos que estando allá no tuvo gran problema, pero en realidad aquello debía darle el crédito a Elian. Ella nunca lo admitía, pero él fue su ángel guardián. Además de que Alyssa estaba segura de que él había tomado medidas para que la cuidaran y no permitieran que Alberto se enterara que ella estaba en Inglaterra, sin seguridad ni dinero.

– Ya llegamos, señorita Ferrara –Alyssa levantó su mirada de sus manos cuando la voz de Darío llamó su atención. Aún no estaba acostumbrada al nombre, pero que el rompiera la bruma que habían provocado sus pensamientos dentro de su cabeza, fue un alivio–, estamos en la mansión Caruso.

Alyssa se bajó del auto sin esperar que nadie le abriera la puerta, lo cual provocó una mueca en el rostro de unos hombres de traje que sin duda estaban esperándola solo para atenderla. Ella no se sintió mal por quitarle el trabajo al hombre, después de todo una soldado como ella no debía ser atendida como una princesa o una reina.

La mansión Caruso era enorme, de tres pisos y rodeada por extensiones de kilómetros de campo abierto. La mansión en sí era bellísima, de delicadas ventanas en forma de arcos, muchas palmeras, arbustos y árboles que llenaban de vida el lugar, luces que le daban una calidez inusual y un techo de tejas cafés que hacían ver el lugar rústico.

Darío estuvo detrás de Alyssa un momento después, instándola a caminar. Él se detuvo en la puerta sin abrirla y bajó su mirada cargada de severidad hacia ella, apretando sus labios en una fina línea tensa.

– Toda la familia está en casa, sugiero mantenga su comportamiento al más mínimo trato de agradecimiento y sumisión. –Indicó Darío a lo que Alyssa bufó.

– Agradecimiento y sumisión. ¿No quieres que también me arrodille ante ellos? –Alyssa dijo con sarcasmo, haciendo que Darío subiera sus cejas.

– A eso me refería: mantente en la raya de la cordura y saldrás de esto con los dos pies en el suelo –Alyssa estuvo a punto de replicar nuevamente, cuando Darío subió un dedo para callarla–. Alessandro te ha regresado de Inglaterra y te mantendrá oculta de Alberto, su jefe. Tienes motivos para estar agradecida con él.

Alyssa giró sus ojos. – Hecho. ¿Algo más, señor? –Se limitó a decir.

Pese a que Alyssa no era conocida por su humildad generalmente, siempre aceptaba la autoridad de sus superiores. Ella era solo una soldado, y un tipo como Darío sin duda era por lo menos un capodecime. Es decir, que, en la jerarquía de aquel lugar, él podría matarla y nadie podría quejarse.

Alyssa tensó su cuerpo en un saludo a Darío, que lo hizo sonreír con complacencia.

– Descansa, soldado –replicó Darío, sin burla ni diversión. Él estaba tomándose en serio la respuesta respetuosa de Alyssa, tanto como ella estaba tomándose en serio de que si permanecería bajo el mando de Alessandro Caruso, Darío sería su superior–. Por los momentos, deja que Carina te guíe hasta la cocina, compórtate y obedece. Es una orden.

La puerta se abrió un momento, y una frágil y pequeña anciana de cabellos pelirrojos y canosos, abrió la puerta con una mueca de sorpresa. Ella expuso una radiante y enorme sonrisa en su rostro, mientras miraba de Darío hacia Alyssa.

– ¡Ya creía yo haber oído voces! Señor Mockery, un placer verlo de nuevo. Veo que trajo compañía hoy –Carina se quedó en un lado de la puerta para permitirle el paso a Darío y luego a Alyssa–. Supongo que usted es la amiga del señor Elian, ¿cierto?

Alyssa estaba tan desconcertada por lo ostentoso del lugar que le costó procesar lo que le estaba diciendo la mucama. Lo único que logró sacarla a flote fue el nombre de Elian, el cual sí reconocía.

– ¿Qué? Oh, sí, ajá –respondió Alyssa, haciendo un ademán con su mano. Cuando vio la mala mirada de Darío hacia su actitud, ella se compuso y miró de nuevo con una mirada de disculpas hacia la anciana–. Lo siento, me quedé mirando el lugar. Sí, soy amiga de Elian. Me llamo Sil... Alyssa. Alyssa Ferrara.

Carina asintió efusivamente.

– ¡Qué nombre tan elegante y hermoso! –Carina les hizo señas para que la siguieran–. Por aquí, por favor. La mesa ya está casi lista, los señores Caruso bajarán en cualquier momento.

Alyssa siguió a la agradable señora mientras pasaban por la sala. En realidad, no la siguió porque en verdad deseara ir a la cocina con ella, pero si aquello era una excusa para terminar de ver el lugar, la tomaría.

La mansión por fuera era hermosa, pero por dentro era como estar en otro mundo. Iluminada por el ocaso, la casa tenía una hermosa calidez y brillo, con muebles modernos y lámparas. Había algunos cuadros con pinturas, la mayoría eran de una hermosa mujer de cabello negro azabache y ojos cafés, con carísimos y finos vestidos, acompañada con una versión más joven de Alessandro Caruso. La mujer, sin duda, era su esposa: Emma Caruso.

Pero en las demás pinturas, eran de una versión de Alessandro, pero con cabello oscuro como el de su esposa, ojos azules verdosos y una mirada tan arrogante y presuntuoso que a Alyssa le provocó un extraño sentimiento en su abdomen bajo. El hombre en el cuadro se parecía ligeramente a Elian, solo que su amigo tiene una mirada más cálida y agradable. Pero el hombre de la pintura tenía una mirada fría que solo le decía que era el mismísimo demonio en persona.

Cuando Alyssa se fijó que, por estar viendo la pintura, Carina se había alejado tanto de ella, tuvo que correr para seguirle el paso. Carina ya estaba en la cocina, hablando con algunas sirvientas y dándole indicaciones sobre dónde se sentaría Alyssa.

Carina guio a Alyssa hacia otra habitación después de eso, tomándola de la muñeca para que ambas fueran al mismo ritmo. Entraron entonces en un elegante y cálido salón, que exponía una larga mesa con tan solo seis sillas. El asiento principal, la que estaba en la cabeza, estaba ocupado por un hombre de mediana edad, barba canosa y ojos oscuros.

Era Alessandro Caruso, quien tomaba de su copa de vino mientras miraba con ojos perdidos la vista que se podía ver desde una puerta corrediza que daba hacia el campo abierto. Él estaba solo en la mesa pese a que había cuatro platos más servidos. Él agitaba su copa y le daba una calada a un puro con sus labios.

– Señor. –Saludó Alyssa llamando su atención. Ella dio un saludo militar cuando Alessandro se giró a mirarla, sus ojos eran indescifrables, pero, por algún motivo, Alyssa tenía un mal presentimiento y más aún cuando ellos estaban solos en ese momento.

– Hola, Alyssa Ferrara –Alessandro sonrió con jactancia–. Es un nombre mucho más bonito, ¿no crees? Si hubieses sido mi hija realmente, nunca te habrías llamado "Silvia".

Alyssa apretó sus puños, sin querer decir nada que pudiese arruinar su paciencia. ¿Qué era lo que Darío le había dicho? ¿"Agradecimiento y sumisión"? Bueno, sería difícil, pero ella no arruinaría su oportunidad de libertad.

– Gracias por ayudarme a volver. –Mencionó Alyssa, haciendo que Alessandro la mirara con una ceja alzada. Era obvio que el tipo quería intimidarla, pero Alyssa se había educado, preparado y criado para ser dura.

– Ni siquiera deberías decirme las gracias una vez nuestra deuda esté saldada.

Alyssa asintió. – Creo en el banco de favores, señor, así que una vez sepa qué es lo que quiere a cambio, estaré aquí. Solo espero que este favor no ocasione mi muerte.

Alessandro rio. Casi parecía que él sí creía que lo que pediría a cambio sí ocasionaría su muerte.

– Si supieras...

– ¿Silvia? –Alyssa reconoció esa voz.

Elian estaba en el umbral de la cocina, mirándola como si no supiese diferenciar entre ella y un fantasma. Pero Alyssa lo único que pudo hacer fue sonreírle y esperar que él se acercara a ella. Cosa en la que Elian no la defraudó, pues con dos zancadas recorrió el espacio y la atrapó en un abrazo.

Alyssa no le devolvió el abrazo con la misma euforia que él, pues en ese momento ella estaba en su modo de sicaria. Pero no podía negar que a ella le reconfortaba la presencia de Elian. Su cuerpo pudo dejar de estar tan tenso una vez ella supo que Elian era su seguridad de permanecer viva dentro de esa casa.

– ¿Qué haces aquí, Silvia? –Preguntó Elian, separándose un poco de Alyssa.

– Hijo –dijo Alessandro, interrumpiendo el pequeño momento que estaban teniendo Elian y Alyssa en ese momento–, veo que no te he presentado debidamente. Ella es Alyssa Ferrara. Alyssa, creo que ya conoces a mi hijo, Elian Caruso.

Elian miró con desconcierto un momento a Alyssa, solo para que la comprensión golpeara su rostro un momento después. Alyssa le dio una mueca torcida, pues ambos siempre habían sabido que el momento de que ella volviera a Italia sucedería, y ambos sabían que ella tendría que sacrificar mucho para que eso sucediera.

Entre esas cosas, su nombre, su pasado y, al parecer, su autonomía.

– Alyssa –dijo Elian, como si intentara acostumbrarse al nombre–, no suena mal pero no tienes cara de Alyssa.

– Tampoco de asesina, y, bueno, tiene bastante sangre en sus manos ya, ¿cierto? –Comentó Alessando mientras recargaba su copa.

Elian parecía a punto de replicar mientras que Alyssa volvía a enfrascarse en sus propios pensamientos. Sin poderlo evitar, ella miró sus manos. ¿Cuánta sangre había en ellas, en realidad? Más de la que ella misma podía recordar.

Ella había decidido empezar a trabajar como siquiera desde los doce, pero antes de eso, ella había tomado la decisión de entrenar para ser una soldado. Sus padres habían estado un poco extrañados con su decisión, pero nunca la cuestionaron. En su lugar, contrataron un militar retirado y desertor que la entrenó desde que ella tenía cuatro. Ahora, con dieciocho años más que cuando empezó a entrenar, ella era una soldado que tenía la suficiente sangre en sus manos como para asesinar a sangre fría y sin piedad.

Solo que la última vez que intentó matar a alguien, no había logrado hacerlo. Aquel pensamiento llevó a Alyssa a revivir ese día en el balcón. ¿Qué había realmente sucedido? Después de tantos años, ¿por qué fallaba ahora?, ¿qué le daba tanto temor ahora?

Justo en ese momento de silencio, otra presencia entró en el comedor. Solo que esta vez resultó ser una mujer. La esposa de Alessandro era mucho más agradable que él, no era exactamente el ejemplo de una persona buena pero mostraba más simpatía que él.

– Alyssa, ¿qué tal tus estudios? –Preguntó ella cuando la cena estuvo servida.

Todos estaban sentados a la mesa, mientras que Alessandro permanecía a la cabeza, a Alyssa se le había asignado la otra esquina, directamente frente a Alessandro. Emma y Elian se habían sentado en los otros costados, dejando una silla vacía junto a Elian.

La comida estaba buenísima y a Alyssa le hacía ilusión darse cuenta que la comida italiana nunca había sabido mejor. Pero la mirada de Alessandro sobre ella, esa mirada que él tenía sobre saber algo que ella no, estaba haciéndole difícil aquel momento a Alyssa.

– Los terminé –mencionó Alyssa–, un título no me ayuda mucho en este mundo, pero al menos puedo decir que logré superar la carrera de economía. Aunque yo no era de sobresalir demasiado en las notas como Elian.

Emma miró con orgullo a Elian, quien giraba sus ojos ante el comentario.

– ¡Qué modesta eres! Te iba bien. –Replicó Elian.

– No soy modesta, soy sincera –continuó Alyssa, revolviendo su comida–. No usaré mucho ese título alguna vez, pero al menos estoy feliz de que podré mostrárselo a mis padres una vez logre reunirme con ellos.

Alyssa creyó que simplemente había continuado la conversación para romper la incomodidad, pero lo que no se esperaba era que después de ese comentario en realidad caería un silencio pesado y terrible sobre ellos.

Aquello hizo que Alyssa levantara su cabeza del plato de comida y mirara a los demás en la mesa con sorpresa.

– ¿Qué sucede?

Emma soltó su cubierto sobre el plato antes de mirar a Alessandro, quien simplemente se encogió de hombros ante ella, y luego mirar a Alyssa con rostro entristecido.

– Alyssa, mira, no quiero arruinar tu regreso a Italia. Porque...

Alyssa solo rogó porque ninguno de sus padres estuviese muerto; rogó para que a ninguno de ellos le hubiese sucedido algo a costa de Alyssa; rogó para que las malas noticias de Emma no fuesen sobre ellos. Sin embargo, Alyssa no pudo saber lo que diría Emma en ese momento porque unos pasos se escucharon acercándose a la cocina y todos guardaron silencio.

– Porque el señor y la señora Russo, en realidad, no están aquí –una quinta presencia entró a la cocina–. ¿Cierto, madre? Dile la verdad.

Era el hombre de la pintura, con su mirada afilada y su cuerpo alto y fornido, cargando un traje negro que, en comparación con su familia, era un fuerte contraste del blanco que ellos portaban. Su cabello oscuro se perdía entre la oscuridad en la que envolvía sus iris el hermoso color de sus ojos, y su rostro serio y frío pasó rápidamente de lo cautivador a lo intimidante en segundos cuando su mirada se posó en Alyssa.

– ¡Eros! –Le reprendió su madre, pero el hombre recién llegado ni siquiera se inmutó. En su lugar, el tal Eros miraba con decisión a Alyssa y a su padre, parecía esperar que a ella le dijeran algo.

– Padre, díselo –insistió Eros–. Si yo estuviese en su lugar, quisiera que alguien me lo dijera antes de enterarme por rumores.

Alessandro miraba con una severidad a Eros, pero permanecía con sus labios sellados. Él miraba consecutivamente a su esposa, esperando que Emma le permitiera hacerlo o no. Pero ella no decía nada.

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