El sol comenzaba a caer, las nubes grises cubrían los pocos rayos que quedaban. Los faros de las camionetas iluminaban la carretera desolada y húmeda. Y cuando la noche cubrió sus cabezas, la neblina también comenzó a descender. El frío se le calaba por los huesos a Eros, pero el sudor que cubría su frente lo hacía sacudirse en escalofríos.
Las camionetas se detuvieron a escasos kilómetros del punto que pasaron casi dos días buscando. Eros bajó del asiento del copiloto, seguido muy de cerca de