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Silvia tenía 17 años cuando conoció el fracaso. Quizás ya lo había experimentado un poco cundo era más joven y perdía uno que otro examen en la escuela. Ella siempre se presionaba para cumplir la exigencia que creía que los demás tenían sobre ella. Pero cuando se vio obligada a huir de su casa y de su país, fue entonces cuando conoció la verdadera soledad que trae como consecuencia decepcionar a los que están contigo; el abandono por ser insuficiente.
Sus padres eran socios de una de las mafias más buscadas de toda Europa: los Caruso. Aunque también tenían relaciones con otros, como los Barreto, Acosta, Anzola, Messina. Sin embargo, los Caruso eran conocidos por conceder favores a los demás; esos favores poco comunes que usualmente te meterían en la cárcel por el simple hecho de necesitarlos. Sus padres no eran exactamente ricos ni muy famosos en el mundo de la mafia y el contrabando, pero por algún motivo a los Caruso les agradaban.
Por aquel tiempo, cuando Silvia tenía 17 años era apenas una colegiala que pasaba sus días entre tareas y pinturas de uñas. Bueno, cuando los demás la veían eso era lo que ella hacía.
Pero en aquellos momentos cuando ningún compañero de clases estaba cerca, dejaba de ser estudiante y se volvía una más de la mafia. Desde muy pequeña sus padres la incluyeron en ese mundo. Ellos eran narcotraficantes, un trabajo muy movido y arriesgado, el dinero corría de aquí para allá, mientras sus padres se escondían un poco más cada vez. Pero Silvia era más bien de la acción, de la adrenalina y del peligro. Ella era una sicaria, y sus padres estaban de acuerdo con eso.
Usualmente las personas que ella asesinaba eran magnates con poca seguridad, hombres con deudas y personas que huían de la cárcel, la mayor parte del tiempo esos eran trabajos que los Caruso le asignaban. Era sencillo, un trabajo que a ella no le hacía ni siquiera palpitar el corazón un latido demás. Por lo general hacía trabajos limpios, excepcionales, donde no dejaba ni una huella que podía señalarla como la culpable.
Hasta ese día, cuando decidió escalar un piso más y acabar con la vida del gobernador de Puglia.
El día que se decepcionó incluso a sí misma.
Ese día no venía de parte del señor Caruso aquel encargo. Era, en realidad, un encargo del jefe de la mafia de toda Italia: el señor Alberto Anzola. Extraño que un mafioso tan importante como él quisiera que ella matara a un político, pero Silvia nunca hizo preguntas. Después de todo, el señor Anzola sabía secretos que nadie más lo hacía.
El gobernador estaría dando una rueda de prensa a cosa del mediodía fuera de un edificio federal. Sería una tarea ardua poder matarlo, pues ella no podía acercarse demasiado con riesgo de que la vieran. Asimismo, el edificio, el gobernador y sus alrededores estarían altamente vigilados.
¿Cómo podría matarlo?
Con un rifle de alta distancia, el más imponente del mundo: McMillan Brother Tac-50, una belleza que el señor Anzola le había regalado.
Cuando Silvia lo vio aún dentro de la funda, ella ya supo qué era: – Un MK 15, con un alcance efectivo de cuatro mil metros, una mira telescópica y un cerrojo manual. Trátalo con cuidado –le advirtió Alberto, Silvia apenas fue capaz de asentir como a una niña que le conceden un regalo invaluable–. Fue lanzado este año, apenas el Navy Seal lo tiene. Eres una de las afortunadas de sostenerlo; es la propia arma de guerra.
Y eso era Silvia, una guerrera, una soldado dispuesta a morir en el campo de batalla.
Pero ella no quería morir ese día.
Así que cuando ella misma se vio en lo alto de un edificio de más de veinte pisos, a media calle de donde el gobernador daría su discurso, ella sacó su arma y la preparó con todo el tiempo de anticipación que contaba para asegurarse de no fallar.
Era raro ver en aquel mundo oscuro y retorcido a una asesina a sueldo tan joven, en especial una que lucía tan corriente como ella. Con su cabello oscuro, sus pecas castañas y sus ojos miel, Silvia era otra estudiante más. Pero cuando usaba el traje de la mafia Russo, el mismo que sus padres habían encargado hacer para ella de látex, resistente para pelear y el cual la protegería en cierta escala de las balas y el fuego, Silvia era toda una sicaria.
Ella se preparó, apuntó su rifle y esperó el momento adecuado. Solo que cuando éste llegó, Silvia no supo qué pasó con sus manos. Se sacudieron, temblaron, y su pecho se agitó de anticipación. ¿Qué sucedía? Ella no lo supo en ese momento, pero era la primera vez que sentía eso: el miedo.
No tenía sentido. Lo que estaba a punto de hacer, lo hacía desde años atrás. Pero en aquel momento se sintió diferente, malo y completamente atemorizante. ¿Y si la descubren? Ella ni siquiera iría a un correccional, ante un tribunal o un juez. No. ¡Ella iría a la cárcel! O peor, honestamente, podría ir a la horca; desaparecer sin siquiera un aliento. Su rostro pasaría por los noticieros, sus compañeros y amigos la verían por la televisión como lo que realmente era.
Pero debía intentarlo; debía cumplir con su encargo del mismísimo Don de la mafia italiana.
Y entonces, la bala que disparó el rifle no le dio al gobernador, ni siquiera hirió a un guardia cercano. La bala rebotó y destrozó una pared cercana, justo por encima del hombro del gobernador. Los guardias se alteraron y lograron evacuar al político a tiempo.
Pero aquellos guardias que no se encargaron del hombre, miraron directo en dirección de Silvia. Ellos la señalaron, casi parecía que ellos ya sabían quién era ella y dónde podrían encontrarla.
Silvia sabía que era mentira, todo era producto de su imaginación y su temor de ir a la cárcel. Pero ella no podía arriesgarse de todas maneras a que fuese cierto.
Ella dejó el rifle allí, tirado, ni siquiera le importó lo caro que era. Se dio media vuelta y salió corriendo. De inmediato notó que las escaleras del edificio no eran un camino viable, lo más seguro es que estaría llena de policías en segundos. Así que se fue hasta un costado del gran edificio y miró el edificio residencial contiguo.
Era probablemente un salto de al menos dos metros. Era una suerte que estuviesen tan juntos, pero aun así seguía siendo una distancia que para una joven de poco más de metro y medio seguía siendo una locura.
Pero no era como que Silvia tuviera muchas opciones. Ella tomó ventaja y saltó, aterrizando con poca gracia en una escalera de emergencia vieja y oxidada. Respirando con dificultad, Silvia se adentró en el edificio intentando lucir normal y relajada. Pero por dentro estaba a poco de tirarse en el suelo y llorar.
Finalmente, Silvia logró salir del edificio y la calle la impactó. Llena de policías a reventar invadiendo el edificio del que ella acababa de escapar. Dentro de unos minutos, ellos saldrían con el rifle de Silvia en manos. Ella siempre usaba guantes, pero para disparar se los quitaba pues entorpecía su puntería.
Todo eso arruinaba su idea de huir. Los policías pronto tendrían sus huellas, y Silvia estaría perdida, acusada de terrorismo y encarcelada.
Subiendo la capucha de su abrigo, Silvia recorrió la calle en sentido contrario a los policías. Caminó y caminó hasta encontrarse sola, en medio de la noche, en algún barrio de la ciudad. Se sentía desilusionada ante el pensamiento continuo de que su jefe y sus padres debían estar furiosos y decepcionados de ella. Sola, con sus padres en alguna otra región de Italia, mirando por la televisión el desastre que ella había ocasionado.
Quizás ya los medios habían mostrado su cara, ya habían delatado que fue una chica de 17 años quien le intentó disparar al gobernador. Que Silvia Russo había sido quien había fallado la bala tan estúpidamente.
Un auto frenó repentinamente frente a Silvia, haciéndola detenerse y ponerse en alerta. Las llantas del auto quedaron marcadas en el pavimento, mientras que el dueño del viejo Mustang gris bajaba la ventanilla.
Silvia esperó con ilusión que fuese Alberto Anzola, el hombre que la había contratado, quien podría haber ido a rescatarla. Pero no, para la enorme decepción de Silvia. De hecho, era un chico joven, de unos 19 años quizás, cabello oscuro y ojos verdes pálidos ante la escasa luz de los faros del auto.
Ella pensó en correr lejos de aquel tipo, el cual ella ni siquiera se le hacía familiar. Pero no se esperó que en realidad aquel chico sería su salvación, su ángel guardián y su amigo durante los años siguientes de soledad.
– Sylvana, ¿cierto? –Preguntó el chico.
Silvia negó. – ¿Quién eres tú?
– Soy Elian Caruso, hijo de Alessandro Caruso. Nuestros padres se conocen, lo sabes, ¿no? –Silvia no respondió propiamente, pero ella sabía que era así–. Me enteré de lo que sucedió, allá con el gobernador en su rueda de prensa. Te recomiendo que subas ya; tu cabeza tiene precio.
Aquello activó los sentidos de Silvia, haciéndola subirse a aquel auto extraño ante un tipo el cual ella ni siquiera conocía. El tal Elian arrancó el auto a toda velocidad, recorriendo las calles como si fuese solo un chico dando una vuelta para desestresarse.
– Ni siquiera dijiste la clave –le recriminó Silvia unos minutos después cuando su corazón latía un poco más despacio y llevaban unos kilómetros recorridos en el auto–. No sé si eres un auténtico Caruso, o siquiera si le eres fiel a la familia Caruso.
Elian giró sus ojos, dándole una sonrisa divertida a Silvia.
– No lo necesito; el color de mis ojos y mi tremenda personalidad son más que garantía suficiente para demostrarte que soy un Caruso –su tono era juguetón, pero por algún motivo Silvia veía en su rostro que él estaba de todo menos divertido–. ¿Qué sucedió? Necesito que me digas la verdad. Mis padres estaban preocupados y ni hablar de los tuyos. El señor Anzola, bueno, él está... tirando fuego, por decir lo mínimo.
Silvia se negó a hablar, lo que solo provocó que Elian sostuviera con más tensión el volante.
– No lo sé. Si supiera, te lo diría.
– Escucha, Sylvana...
– Silvia. –Le corrigió ella.
– Silvia –rectificó Elian, tragando en grueso–, creo que tendrás que irte por un tiempo. No por lo del gobernador, eso se puede solapar un poco. Lo digo por Alberto, en realidad. A él no le gusta que algo que haya sucedido a su nombre, falle tan dramáticamente. Salió en los noticieros, se han enviado correos sobre lo sucedido, y no dudo que salga en los periódicos y revistas de mañana. Nadie sabe que fuiste tú, pero todas las familias de las mafias saben que fue una orden de Alberto. Él era el único que tenía problemas con el gobernador, y ahora todo el mundo político comienza a culpar a la mafia y el terrorismo. Has hecho un revuelo muy grande, Silvia Russo.
Silvia comenzaba a sentir sus manos temblar, así que las metió entre sus piernas para poder controlar aquellos movimientos involuntarios.
– ¿Y qué me recomiendas? –Le preguntó Silvia a Elian. No es que a ella le importara mucho la opinión de un completo extraño, pero honestamente no parecía que hubiese nadie más en quien ella pudiese contar.
Elian frunció su boca.
– Bueno, honestamente, si yo estuviese en tu lugar, huiría –escuchar aquello desmoronó a Silvia–. Es decir, existen otros métodos, pero no creo que sean muy efectivos. Alberto tiene influencia, y no es por desacreditar a tus padres, pero ni siquiera ellos pueden contra los Anzola. Yo, en tu lugar, intentaría desaparecer un poco del radar, pasar desapercibido un tiempo. Ir a otro país tampoco es tan malo, ¿sabes? De hecho, eso es exactamente lo que estoy haciendo.
Silvia lo miró sorprendida.
– ¿Estás huyendo?
Elian le dedicó una sonrisa de medio lado. – No huyendo, específicamente: mi cabeza no la está buscando nadie. Pero me voy a Inglaterra unos años. Me quedaré en casa de una tía de mi familia. Haré mis años de universidad allí y aprenderé sobre el negocio familiar. Es decir, probablemente el negocio lo herede mi hermano porque es mayor, pero puede que él me necesite como su consejero, su consigliere.
Silvia había dejado de oír en cierto punto de la conversación de Elian. Ella solo había oído hasta la parte donde él recomendaba que huyera, que él se iría a Inglaterra, que ella no podía volver a ver a sus padres.
Ella quiso llorar, patalear, hacer un berrinche. Pero recordó que ella no era una colegiala; ella era una sicaria. Y a veces, las mafiosas como ella, debían tomar decisiones sabias, sacrificar sueños y deseos, sacrificar a los demás y, sobre todo, pensar fríamente en cada movimiento.
Y Silvia se había dado cuenta que el error que había cometido traía grandes repercusiones y consecuencias, si ella no pensaba con frialdad sus siguientes movimientos.
– Iré contigo. –Declaró Silvia.
Elian detuvo de pronto su relato sobre una hermosa mansión otoñal en medio de una ridícula y costosa ciudad. Parecía que él había estado tan absorto en su explicación que la voz de Silvia lo había tomado desprevenido.
– ¿Qué tú qué? –Preguntó Elian.
Silvia lo miró, penetrante y completamente confiada.
– Me iré contigo a Inglaterra, allí podré estar bajo el radar y pasaré desapercibida un tiempo –Silvia torció su boca–. Bueno, al menos hasta que Alberto deje de estar enojado...
– ...o muera. –Añadió Elian.
– Entonces, allí, volveré a Italia –continuó Silvia–. ¿Puedo irme contigo? No tengo a nadie más con quién contar.
Y Elian simplemente sonrió porque, de hecho, él en su interior esperaba que aquello pasara.
Elian y Silvia se fueron juntos a Inglaterra, pasando por puertos ilegales que ya Elian había preparado previamente. Silvia no tenía maletas, bolsos, ni siquiera un cambio de ropa. Pero Elian le ofreció todo lo que tenía para que ambos compartieran.
Al llegar a Inglaterra, Silvia creyó que le tocaría separarse del amable chico Elian y continuar su propio camino. Pero él se negó a dejarla ir: le ofreció quedarse junto a él y su tía, al menos hasta que ella lograra asentarse en un lugar cómodo y el cual ella pudiese pagar.
Pero ese periodo de adaptación se extendió tan indefinidamente que los años pasaron y ellos permanecieron juntos.
Una vez Silvia estuvo segura, logró comunicarse con sus padres y contarle sobre la decisión que había tomado en base a lo sucedido con su última misión. Ellos, en especial su madre, no estaban tan felices de que ella hubiese, en primer lugar, aceptado un trabajo tan peligroso de Alberto. Sin embargo, el padre de Silvia estuvo muy orgulloso de que ella fuese tan madura al tomar la decisión de reparar ella misma su error.
Silvia estuvo años en Inglaterra, continuó y terminó sus estudios allí junto a Elian. Él era un par de años mayor que ella, pero entre los dos lograron darse apoyo mutuamente para lograr graduarse casi al mismo tiempo.
Entre ambos logró entablarse una cómoda y linda amistad. Para Silvia, Elian era el hermano mayor que ella siempre deseó tener: cálido, confiable, divertido y bobo, en ocasiones. Pero para Elian, Silvia era su mundo entero: ella era la mujer de su vida, la chica que podría hacerlo morir y revivir con solo una mirada, aquel amor imposible y no correspondido por el que él estaba dispuesto a luchar.
Pero era evidente que ambos esperaban cosas diferentes del otro. Además de que Silvia no se daba cuenta de los sentimientos que él tenía por ella, y Elian no estaba dispuesto a arruinar la amistad con sus sentimientos.
Así que se quedaron en esa amistad nacida de la nada, en aquella noche de desesperación y problemas.







