Cuando Eros por fin logró abrir los ojos, la luz lo cegó tan fuertemente que le provocó jaqueca. La habitación estaba húmeda, él no podía respirar bien. Sentía ardor en todo su rostro por la bolsa áspera que lo había acompañado todo el camino. No había sido nada agradable el traslado cuando despertó al menos unas tres horas antes.
No sabía muy bien lo que había pasado, recordaba a la perfección el grito de alerta de sus soldados, su corazón desbocado ante la adrenalina que impulsaba su cuerpo.