Pero cuando la primera botella de agua terminó y el trapo húmedo calló contra el suelo, Eros sonrió con victoria pese al dolor en sus costillas, su corazón asustado y las manchas oscuras en su visión.
—Nada mal... —premió Alberto.
—Si es todo lo que tienes, terminaremos temprano hoy.
—Oh, no, esto es solo el comienzo —anunció Alberto—. La verdadera tortura jamás será la física, Eros. No me interesa asesinarte; me interesa quebrarte mentalmente hasta que estés muerto en vida, hasta que seas inút