Y, con un empujón, Alberto lanzó a Alyssa frente a las puertas doradas dobles al final del pasillo. Con una respiración profunda, Alyssa caminó hasta quedar a una pisada de la puerta, teniendo que contener un par de lágrimas y groserías para alzar su puño y tocar.
La voz de Artem, efectivamente, llegó del otro lado—. ¿Quién? —Alyssa había estado orando porque él no respondiera, porque nadie respondiera.
—Soy yo. Alyssa —tragando en grueso, esperó que Artem no saliera solo por esas palabras. Una