La pregunta quedó suspendida en el aire entre nosotros, tan pesada y tangible como la humedad que empapaba nuestra ropa. Los ojos de Frederick ardían con una intensidad que casi podía sentirse físicamente.
—¿Consciente de qué? —repetí, frunciendo el ceño con genuina confusión.
Frederick soltó un resoplido de exasperación, como si mi ignorancia fuera inconcebible.
—¿Crees que es una coincidencia, Charlotte? —Su voz era un susurro áspero, cargado de incredulidad—. ¿Una anaconda, justo en el recor