Al subir las escaleras, se escuchaba un silencio que no era normal. Ni siquiera la servidumbre que nos recibió al principio y quiénes siempre veía moverse por los pasillos de la mansión, estaban presentes. Como si de repente estuviera abandonada.
Si me llegaba a enterar que la anaconda estaba haciendo un recorrido exclusivo por la mansión, me provocaría un infarto al instante.
Una vez que entramos a la habitación, la puerta se cerró detrás de nosotros. Frederick giró la llave, encerrándonos, y