46.
MICHAEL
Estoy en la habitación de invitados, sentado al borde de la cama que no huele a mí ni a nosotros, y por primera vez en mucho tiempo el silencio no me resulta insoportable. La casa sigue siendo la misma, pero yo no. Me paso una mano por el rostro y cierro los ojos, dejando que la imagen vuelva sin pedir permiso: Raquel de pie frente al edificio, las bolsas colgando de sus manos, y ese vientre que no debería existir y, sin embargo, existe. Ese vientre que explica tantas ausencias, tantos