46.
MICHAEL
Estoy en la habitación de invitados, sentado al borde de la cama que no huele a mí ni a nosotros, y por primera vez en mucho tiempo el silencio no me resulta insoportable. La casa sigue siendo la misma, pero yo no. Me paso una mano por el rostro y cierro los ojos, dejando que la imagen vuelva sin pedir permiso: Raquel de pie frente al edificio, las bolsas colgando de sus manos, y ese vientre que no debería existir y, sin embargo, existe. Ese vientre que explica tantas ausencias, tantos silencios, tantas miradas que no supe leer.
Pienso en cómo acercarme a ella sin invadirla, sin asustarla, sin volver a romper algo que ya debe estar frágil. No quiero ser otra preocupación en su vida. No quiero llegar como un problema, sino como una certeza. Todo en mí se ordena alrededor de una sola idea: su bienestar… y el del bebé. Nuestro bebé. La palabra me golpea el pecho con una fuerza inesperada y, antes de darme cuenta, estoy sonriendo solo, en la penumbra de este cuarto ajeno.
Voy a s