34.
MICHAEL
Amanezco con la misma sensación con la que me dormí: un nudo duro en el pecho y la certeza incómoda de que algo no está bien.
No es la casa.
No es la rutina.
Es Raquel.
Mientras me afeito, la imagen vuelve sin pedir permiso: ella apoyada en la mesa, respirando despacio, disimulando el dolor como siempre hizo conmigo, como si mostrarse frágil fuera un error imperdonable. Aprieto la mandíbula frente al espejo. No debería haber ido. No debería haberme quedado. Y, aun así, no me arrepiento.
Bajo a la cocina y Sara ya está ahí.
Demasiado despierta.
Demasiado atenta.
—Llegaste tarde anoche —dice, sin mirarme, mientras revuelve el café—. Pensé que habías dicho que volverías directo del trabajo.
Su tono es casual, pero la frase está cargada. La siento como un anzuelo.
—Se hizo largo el día —respondo, escueto.
Me sirvo café y me apoyo en la encimera. El aroma no me reconforta. Nada lo hace.
—Últimamente todo se te hace largo —insiste—. El trabajo, el tráfico, las reuniones… —Hace una