34.
MICHAEL
Amanezco con la misma sensación con la que me dormí: un nudo duro en el pecho y la certeza incómoda de que algo no está bien.
No es la casa.
No es la rutina.
Es Raquel.
Mientras me afeito, la imagen vuelve sin pedir permiso: ella apoyada en la mesa, respirando despacio, disimulando el dolor como siempre hizo conmigo, como si mostrarse frágil fuera un error imperdonable. Aprieto la mandíbula frente al espejo. No debería haber ido. No debería haberme quedado. Y, aun así, no me arrepiento