33.
Raquel
Camino sin rumbo durante un par de cuadras antes de recordar que tengo que ir a trabajar.
El aire de la mañana me golpea la cara, frío, demasiado limpio para el desorden que llevo dentro. Cada paso se siente torpe, como si mi cuerpo fuera por un lado y mi cabeza siguiera todavía frente a esa puerta, en esa cocina, viendo a Michael de pie, inmóvil, con la expresión de un hombre que acaba de perder algo sin terminar de entender qué.
Michael.
Lo digo en silencio y el nombre me arde.
No debí ir.
Eso me repito mientras espero el semáforo, mientras ajusto la correa del bolso, mientras intento respirar como si no acabara de enfrentar a la mujer que fue su esposa durante quince años y al hombre que fue mi hogar durante dos.
Pero también sé que si no iba, Sara no iba a detenerse. Lo vi en sus ojos el día anterior, esa mezcla de necesidad y amenaza, de amor torcido y miedo. No iba a desaparecer sola.
Y aun así, verlo de nuevo…
Eso no lo calculé.
Su cara al abrir la puerta se me aparece u