35.
SARA
Mi madre despliega las revistas sobre la mesa del comedor como si el mundo no se hubiese roto hace apenas unos días. Vestidos, flores, salones. Todo huele a normalidad impostada, a futuro forzado.
—Este es bonito —dice, señalando una iglesia de piedra—. Íntimo. Elegante.
Asiento sin mirar realmente. Tengo la taza de café entre las manos desde hace rato y ya está frío, pero no me molesto en beberlo.
—¿Y Michael? —pregunta de pronto, sin levantar la vista—. ¿Accedió al final?
La pregunta me tensa la espalda.
—Sí —respondo rápido, demasiado—. Accedió.
Mi madre alza la cabeza al instante.
—¿Sí?
—Sí —repito, esta vez más despacio—. Le pareció buena idea… intentarlo de nuevo. Afianzar el lazo.
Las palabras suenan ajenas, como si las estuviera recitando de memoria.
—Incluso vamos a irnos de vacaciones juntos —añado—. Unos días lejos, para pensar, para estar bien.
Ella sonríe, satisfecha.
—Eso está muy bien, Sara. Lo necesitan. A veces el matrimonio se salva saliendo de la rutina.
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