22.
SARA
Cuando Michael dice la palabra divorcio, algo en mí deja de hacer ruido.
No es un estallido. No es un grito. Es peor.
Es silencio.
Lo miro sin verlo del todo, como si mi cuerpo siguiera en la habitación pero mi mente hubiera dado un paso atrás para no romperse ahí mismo. Sus labios siguen moviéndose. Explica. Aclara. Dice que no es por un hijo que no conoce, que no sabía, que no planeó. Dice muchas cosas.
Yo solo escucho una.
Se termina.
—No —respondo, y mi voz suena extraña, ajena—. No quiero.
No lo digo con dignidad. No lo digo con fuerza. Lo digo como alguien que pide que no le quiten el aire.
Michael me mira con esa expresión que ya conozco demasiado bien: la del hombre que ya decidió, aunque todavía le duela. Esa mirada es la confirmación de todo lo que temo.
—No sé vivir sin ti —le digo—. No como soy ahora.
Porque esa es la verdad que nunca quise decir en voz alta. Mi vida se fue armando alrededor de él, de nosotros, de una promesa que sostuve incluso cuando empezó a doler