C3. Secreto descubierto.

Grace había pasado los últimos días entre náuseas, cansancio y una sospecha que se negaba a desaparecer. Dominic había mantenido distancia con ella, como si esa noche hubiera sido en verdad una despedida. 

Aun así, había tomado una decisión. Esa mañana fue al hospital decidida a salir de dudas. Dos horas después regresó a la empresa con el cuerpo tenso y un sobre con la palabra: Positivo. 

Iba a decírselo a Dominic. No para pedir nada. No para reclamar. Solo para que supiera, tenía derecho era el padre. 

Caminó por el pasillo del piso ejecutivo cuando escuchó una voz que la obligó a detenerse.

—Espero que esa mujer no se convierta en un problema.

Grace reconoció el tono de inmediato. Era firme, elegante, cargado de autoridad. La abuela de Dominic.

Se quedó inmóvil, el corazón empezó a golpearle con fuerza. 

—No lo será —respondió Dominic desde el interior de la oficina—. Ya renunció.

—Ese tipo de mujeres siempre termina buscando algo —continuó la anciana—. Arribistas. Sin apellido. Sin lugar.

Las palabras la atravesaron sin aviso.

Grace esperó. Esperó que él dijera algo más. Que corrigiera. Que pusiera un límite. Que no permitiera que hablaran de ella como si fuera una cualquiera. 

—No te preocupes, abuela —dijo Dominic finalmente—. No causará problemas.

Grace cerró los ojos un segundo. El aire le faltó. Esperó una defensa. Una sola frase. No llegó.

Eso fue todo.

Grace dio un paso atrás sin hacer ruido. No entró a la oficina. No tocó la puerta. Se giró y caminó hacia su escritorio con la espalda recta, aunque por dentro algo se estaba quebrando de forma silenciosa y definitiva.

Comenzó a guardar sus cosas sin prisa. Cada objeto le parecía ajeno, como si ya no perteneciera a ese lugar. De pronto, una náusea fuerte le cerró el estómago. Se llevó la mano al vientre y se levantó de golpe.

Corrió al baño.

Se encerró en un cubículo y apoyó la espalda contra la puerta. Respiró hondo varias veces, intentando recuperar el equilibrio. Cuando salió, pálida, se encontró con Laura, una de sus compañeras más cercanas.

—Grace… ¿estás bien? —preguntó, preocupada—. ¿Salieron ya los resultados?

Grace dudó un segundo. Miró alrededor y bajó la voz.

—Sí —respondió—. Pero no le digas a nadie, por favor.

Laura asintió, seria.

—¿Y…?

Grace tragó saliva.

—Es positivo.

Laura abrió los ojos, impactada.

—Dios mío…

Grace no se dio cuenta que dentro de un cubículo la abuela de Dominic había escuchado cada palabra.

La anciana no salió. No dijo nada. No reaccionó.

Pero mientras Grace recogía su bolso y abandonaba el edificio con el corazón hecho trizas, la mujer ya había tomado una decisión en silencio.

****

Dominic revisó el reloj por tercera vez. No lo hizo con impaciencia visible, sino con ese gesto preciso que usaba cuando algo no encajaba en su agenda. Tomó el teléfono y marcó la extensión de Grace. Llamó una vez. Luego otra. Nadie respondió.

Frunció el ceño y dejó el aparato sobre el escritorio. Necesitaba unos informes para cerrar una proyección financiera antes del final del día. Grace siempre los tenía listos. Siempre.

La puerta se abrió con un golpe suave.

—Señor Pierce —anunció Laura desde la entrada.

Dominic no levantó la vista de inmediato.

—¿Dónde está Grace? —preguntó, como si la respuesta fuera obvia.

Laura dudó un segundo antes de responder.

—Pidió permiso en la mañana. Dijo que tenía una cita médica. Regresó hace poco más de una hora.

Dominic alzó la mirada por fin.

—¿Y ahora?

—Terminó los informes que usted pidió —respondió—. Recogió sus cosas, dejó su carta de renuncia en su correo, y se fue…

Hubo un silencio breve.

Dominic asintió despacio, como si esa información no alterara nada.

—Bien —dijo—. Déjame los documentos.

Laura avanzó y dejó la carpeta sobre el escritorio.

—¿Algo más? —preguntó.

Dominic negó.

—No. Puedes retirarte.

Laura salió. La puerta se cerró.

Dominic se quedó mirando los informes sin tocarlos. No entendía por qué la renuncia de Grace seguía retumbando en su cabeza. 

Se obligó a respirar hondo. Tomó la carpeta y la abrió. Leyó la primera página. Luego la segunda. Las cifras estaban correctas. Impecables. Como siempre.

Pero no lograba concentrarse.

Cerró el documento y se levantó. Caminó hasta el ventanal. La ciudad seguía allí, funcionando, indiferente. Como debía ser.

—Hazlo —se dijo en voz baja.

Regresó al escritorio y llamó a Laura de nuevo.

—Publica un anuncio para buscar asistente ejecutiva —ordenó—. Hoy mismo.

—¿Perfil similar al de la señorita Scott? —preguntó ella desde el otro lado.

Dominic no respondió de inmediato.

—Eficiencia. Discreción. Disponibilidad total —dijo al final—. Eso es suficiente.

Colgó.

Volvió a los informes. Intentó leer. No pudo.

La oficina se sentía distinta. Demasiado silenciosa y grande. Por primera vez en años, Dominic Pierce tuvo la incómoda sensación de que había perdido algo demasiado importante en su vida y que no sabía en qué momento había dejado de tener el control.

****

Grace estaba empacando cuando sonó el timbre.

Se detuvo con una prenda entre las manos. No esperaba visitas. Nadie sabía que se marchaba esa misma noche. Dudó un segundo antes de caminar hasta la puerta. Al abrir, el aire pareció cambiar de densidad.

Grace sintió un nudo en el estómago.

—¿Ustedes? —preguntó, sin poder disimular la sorpresa.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP