Mundo ficciónIniciar sesiónGrace salió del edificio esa tarde sin recordar cómo había cruzado el vestíbulo. Llegó a su apartamento o más bien al que Dominic había rentado para ambos. El lugar al que siempre él volvía luego de sus largas juntas.
Cuando entró cerró la puerta y el silencio la golpeó de lleno.
Dejó el bolso sobre la mesa. Todos seguía igual que esa mañana, excepto que el lugar seguía impregnado de él y sus recuerdos. Incluso su perfume parecía aún flotar en el ambiente.
Caminó hasta el dormitorio y se sentó en la cama. El pecho le dolió al respirar.
Había aceptado esas condiciones. Nunca pidió promesas. Nunca habló de futuro.
Se conformó con las noches, con los silencios, con ese hombre frío que, en la oscuridad, bajaba la guardia y se abría ante ella sin necesidad de palabras. Grace lo conocía mejor que nadie, sabía de sus traumas, sus miedos, sin que él jamás haya dicho una palabra.
Así lo había amado.
El sollozo se le escapó antes de poder detenerlo. Se llevó la mano a la boca.
—Sabía a qué me estaba metiendo… —susurró—, sabía que no debía enamorarme, que terminaría con el corazón roto, pero ya es tarde…
De pronto escuchó el sonido de la cerradura. Grace se quedó inmóvil. El corazón le dio un vuelco, salió a la sala.
Dominic estaba allí. Con el traje impecable, la corbata apenas floja. Olía a alcohol caro, lo suficiente para saber que había bebido, no tanto como para perder el control. Sus ojos grises estaban distintos. Menos blindados.
—Olvidé unos documentos —avisó—. Los dejé aquí.
Grace no dijo nada, señaló a la mesa.
El apartamento los envolvió a ambos. Él miró alrededor, como si cada rincón le devolviera recuerdos que no había pedido.
—Aquí… —murmuró— siempre encontraba paz.
Grace lo observó. Esa voz baja no era la del CEO acostumbrado a dar órdenes.
—Siempre decías que aquí podías respirar —respondió.
Dominic esbozó una sonrisa mínima, cansada.
—Porque contigo no tenía que fingir.
Ella apretó los labios, sentía los latidos acelerados de su corazón.
—Pero lo que teníamos terminó, eres un hombre comprometido.
Dominic dio un paso hacia ella. Se detuvo.
—Aún soy libre —respondió—. Todavía no llevo un anillo en la mano. Sarah no existe en este espacio.
El nombre le atravesó el pecho como una herida abierta.
—No hagas esto más difícil —susurró Grace.
—Nunca quise que fuera fácil —admitió él—. Solo… real.
Dominic alzó la mano, como si fuera a tocarla. Se detuvo a medio camino.
—Dime que me vaya —pidió—. Y me voy.
Grace cerró los ojos. Sintió cómo algo se rompía por dentro. No tuvo el valor de responder.
Dominic dio un paso más. Ella no retrocedió.
Cuando sus labios se encontraron, no fue un beso impulsivo, ni forzado, fue suave, lento, como si ambos quisieran alargar ese momento.
Grace sintió como gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.
«Es la última vez, que lo tendré aquí conmigo»
Dominic se apartó apenas, lo justo para mirarla.
Grace tenía los ojos húmedos. No intentó limpiarse las lágrimas.
Él levantó la mano y le borró una con el pulgar.
Grace no se movió.
—No debería estar pasando —dijo, con la voz rota.
—Nunca supe como detenerme contigo —respondió él, en voz baja.
Grace cerró los ojos. El aroma de Dominic la envolvió, ese perfume que había quedado tantas noches en sus sábanas.
—Es la última vez —susurró—. Después de hoy, me iré.
Dominic no contestó. La rodeó con los brazos, firme, como si soltarla no fuera una opción.
Grace alzó el rostro y lo besó.
Esta vez no hubo duda.
El beso fue lento, profundo. Dominic respondió de inmediato, como si llevara horas conteniéndose.
Grace se aferró a su cuello. Él deslizó la mano por su espalda, reconociendo cada gesto, cada reacción, como si el cuerpo de ella aún fuera un lugar al que sabía volver.
Y ninguno de los dos se detuvo.
Llegaron a la alcoba en medio de besos y tropezones. Dominic la besó con la misma intensidad que encendía cada nervio de su piel.
Sus manos recorrieron su cuerpo sin prisa, reconociéndola, deteniéndose donde sabía que ella lo necesitaba. Grace sintió el calor nacerle en el vientre cuando él la atrajo contra sí, sosteniéndola con una fuerza que no buscaba dominarla, sino retenerla.
—Dominic… —susurró ella, con la voz quebrada.
Él no respondió. La llevó hasta la cama con cuidado y se acostó a su lado, mirándola como si quisiera memorizar cada gesto. No apartó los ojos de los suyos. En esa forma de mirarla, Grace sintió algo distinto, algo que nunca había estado antes.
Se deshicieron de la ropa sin romper el contacto. Dominic volvió a besarla, lento y profundo. Cuando sus cuerpos se encontraron, fue con una embestida profunda, firme, que la hizo gemir sin poder evitarlo. Sus caderas se mecían de manera natural, como si el cuerpo recordara algo que la mente no se atrevía a nombrar.
Esta vez no fue solo deseo.
Grace lo sintió presente, atento, entregado. El ritmo aumentó, llevándolos juntos, sin palabras, hasta un punto donde todo se volvió demasiado intenso para pensar. Se aferró a él mientras el placer la atravesaba, mezclado con una emoción que le apretó el pecho.
Cuando todo terminó, Dominic no se levantó. Permaneció a su lado, respirando despacio, con el brazo rodeándola. Grace apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón, y por primera vez se permitió creer que tal vez no todo estaba perdido.
Tal vez aún había una posibilidad.
Dominic se separó con cuidado. Se incorporó, tomó su ropa y empezó a vestirse.
—Te veo mañana temprano en la oficina —dijo, sin mirarla.
Salió de la alcoba sin decir nada más.
Grace se quedó sola, con el cuerpo aun temblando y el pecho lleno de una esperanza que empezaba a desmoronarse.







