Mundo ficciónIniciar sesiónFrente a ella estaba Charlotte Pierce.
Elegante, erguida, con ese porte que no necesitaba alzar la voz para imponer respeto. A su lado, ligeramente más atrás, estaba Sarah Coleman, impecable, observando el lugar con una curiosidad contenida.
La anciana la recorrió con la mirada de arriba abajo, sin prisa, como si evaluara algo que ya tenía decidido.
Charlotte fue la primera en hablar.
—Así que aquí es donde te revolcabas con mi nieto —dijo, avanzando un paso sin pedir permiso—. Dominic siempre ha tenido un gusto cuestionable cuando confunde comodidad con discreción.
Grace apretó los labios.
—No entiendo qué hacen aquí.
Charlotte la miró con frialdad.
—Claro que lo entiendes —respondió—. Escuché lo del embarazo.
El aire pareció desaparecer del apartamento.
—¿Qué…?
—No finjas —la interrumpió—. Escuché perfectamente cómo le decías a esa empleada que estabas embarazada. Y no pude quedarme callada yo sabía que él tenía un enredo contigo, así que fui a reclamarle y Dominic afirma con total seguridad que ese niño no es suyo.
Grace negó de inmediato, con el pulso desbocado.
—Eso es mentira. Dominic no dudaría de mí. Ese niño es de él. No mienta.
Charlotte esbozó una sonrisa lenta, cruel.
—Mi nieto fue muy claro —dijo—. Con la única mujer con la que mezclaría su sangre es con Sarah.
Sarah no dijo nada. No necesitó hacerlo. Su silencio fue suficiente.
Grace sintió que las piernas le temblaban.
—Usted está mintiendo —insistió—. Dominic jamás diría eso.
Charlotte ladeó la cabeza.
—¿Quieres que lo llame ahora mismo? —preguntó, sacando el teléfono del bolso—. ¿Prefieres escucharlo de su propia boca?
Grace se quedó inmóvil.
Charlotte desbloqueó el teléfono con calma, como quien sabe que tiene todas las cartas.
—Dímelo —continuó—. Marco su número y le preguntas tú misma si estoy mintiendo… o si piensa permitir que una asistente lo arrastre a un escándalo.
El silencio se volvió insoportable.
Grace sintió cómo algo se le quebraba por dentro. Recordó su silencio en la oficina. Recordó que no la defendió. Recordó que dijo que ella no causaría problemas.
Bajó la mirada.
Charlotte guardó el teléfono, satisfecha.
—Eso pensé.
Avanzó un paso más.
—Si ese niño resulta ser un Pierce —continuó—, no crecerá contigo. No vivirá con una mujerzuela que creyó que podía asegurarse un apellido usando su vientre.
El miedo se le clavó en el pecho.
—No puede hacerme eso —susurró Grace—. Es mi hijo.
—Entonces deja de decir que es hijo de Dominic —ordenó Charlotte—. Por tu propio bien.
Metió la mano en su bolso y sacó un sobre grueso. Se lo lanzó al pecho.
Grace lo atrapó por reflejo. El peso era inconfundible.
—Esto te manda Dominic —dijo la anciana, sin rodeos—. Diez mil dólares. Para que desaparezcas con esa criatura. O mejor aún… —hizo una pausa cargada de veneno—, si sabes lo que ten conviene: aborta.
Grace alzó la mirada, completamente pálida.
—Él… él no me pediría algo así…
Sarah dio un paso al frente por primera vez.
—Claro que sí —dijo con frialdad—. Lo conoces. Dominic no se iba atar a una asistente. Te falló el truco del embarazo, Grace. Acéptalo.
—No es un truco —replicó Grace, con la voz temblorosa—. Ese niño es suyo.
Sarah la miró con desprecio abierto.
—Lárgate —dijo—. Y déjalo en paz. Ya hiciste suficiente daño.
Charlotte se giró hacia la puerta.
—Piénsalo bien —advirtió—. Si sigues insistiendo con esa historia, perderás mucho más que dinero.
La puerta se cerró tras ellas.
Grace se quedó sola, con el sobre aún en las manos. Le temblaban los dedos. El aire no le alcanzaba. Sintió náuseas, miedo y una rabia que le quemaba el pecho.
Llevó una mano al vientre.
—No te van a quitar de mí —susurró, con la voz rota—. Te lo juro.
El sobre cayó al suelo. Los billetes se desparramaron.
Y con ellos, se rompió lo último que le quedaba de amor por Dominic Pierce.







