El sol de la mañana entraba con una timidez gélida por los ventanales del bufete. Me sentía como si caminara sobre una cuerda floja; cada paso que daba hacia mi oficina estaba cargado con el peso de la mentira que le había dicho a Jimena la noche anterior. El recuerdo de Ricardo en la villa, su mirada cargada de una arrogancia herida y su insistencia en una inocencia que yo no sabía si creer, me había robado el sueño.
Al llegar al área de los despachos, me encontré de frente con Sebastián. Él e