El sonido del motor del coche alejándose por el camino de grava dejó un vacío ensordecedor en el salón de la villa. Ricardo Morel se quedó de pie junto al ventanal, observando cómo las luces traseras del vehículo desaparecían entre la bruma que la lluvia había dejado sobre la colina. El vaso de cristal seguía en su mano, pero el alcohol ya no quemaba; lo que realmente le abrasaba era el rastro de ese perfume que se había quedado impregnado en las cortinas, en los muebles y, maldita sea, en su p