Sebastián Soler no era un hombre que creyera en las coincidencias. Cuando vio a Jessica salir de la oficina de Isabella con una sonrisa triunfal y un brillo de malicia en los ojos, su instinto de protección se encendió. Había pasado las últimas dos horas inquieto, revisando el expediente de Montenegro, hasta que descubrió que el "asunto urgente" del que hablaba el magnate era una farsa. No había ningún proceso penal abierto; era una cacería.
Cuando llegó al Restaurante L’Etoile, lo que vio le h