El vapor de la ducha caliente ayudó a disipar la sensación de suciedad que me había dejado el encuentro con Mateo en el gimnasio. Me miré al espejo mientras me anudaba la toalla: ya no era la mujer que se quebraba ante la sola mención de los Morel. La rabia, lejos de debilitarme, se estaba convirtiendo en un escudo. Me vestí con un traje sastre de color azul medianoche, una armadura de seda que gritaba profesionalismo y poder. No iba a permitir que un encuentro fortuito arruinara mi enfoque.
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