No tomamos mucho; el peso de la semana laboral y el compromiso con la justicia nos obligaron a ser prudentes. El sabor amargo del whisky aún permanecía en mi lengua cuando decidimos que era hora de pedir la última copa y retirarnos. De regreso a casa, el silencio en el auto de Jimena era denso, interrumpido solo por el murmullo de la radio. Mis pensamientos volaban hacia la hacienda de mis padres.
¿Debería ir? La pregunta martilleaba mi sien. La última vez que crucé palabra con ellos, las herid