El hospital era un laberinto de luces frías y silencios interrumpidos por el pitido distante de los monitores. Mis manos, aunque ya lavadas, todavía se sentían pegajosas. Sentía que el olor a pólvora y a hierro se había impregnado en mis poros, recordándome que Mariana ya no existía y que Sebastián estaba en una mesa de operaciones, luchando contra la oscuridad por mi culpa.
No podía estar en la sala de espera. No soportaba las miradas de lástima de los desconocidos ni el paso apresurado de las