La noche fue un campo de batalla de sombras y remordimientos. Cada vez que mis ojos se cerraban, el estallido de los disparos retumbaba en mis oídos con una nitidez aterradora. Veía el cristal de la cabina telefónica estallar como diamantes de sangre y sentía el peso del cuerpo de Sebastián cayendo sobre el mío. Me despertaba sobresaltada, con el corazón martilleando contra mis costillas y la sábana pegada al cuerpo por un sudor frío. En el silencio de mi habitación, el eco de la voz de Mariana