El aire en el sendero boscoso olía a pino húmedo y a tierra removida. El sol se ocultaba tras las montañas, tiñendo el cielo de un naranja violáceo que parecía un presagio de sangre. Sebastián y yo caminábamos en silencio absoluto, ocultos entre la maleza, siguiendo el rastro de la figura que se movía unos metros delante de nosotros.
Mariana avanzaba con paso errático. Llevaba una chaqueta de mezclilla demasiado grande para su constitución delgada y la capucha le cubría gran parte del rostro. S