El crepúsculo se filtraba por las pesadas cortinas de seda del despacho privado de Camila en la mansión Morel. El ambiente estaba cargado con el aroma de su perfume costoso y el rastro metálico de un miedo que ella se negaba a admitir en voz alta. Con la mano temblorosa, marcó un número que no figuraba en su agenda, un contacto que se sabía de memoria.
—¿Díme, sabes que no puedes llamarme a esta hora? —la voz al otro lado era gélida, desprovista de cualquier rastro de humanidad.
—Tenemos un pro