El mundo pareció detenerse en el instante en que Ricardo Morel cruzó el umbral del salón. Su presencia, siempre imponente, parecía devorar el aire de la habitación. Llevaba una chaqueta de cuero oscuro y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera estado conduciendo a gran velocidad para escapar de la presión de la ciudad. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, la sorpresa lo golpeó con la fuerza de un impacto físico. Se detuvo en seco, y por un segundo, la máscara de frialdad del