122. No querrá que regrese
Isabel
El monitor del hospital emite un pitido rítmico, monótono, que se me está clavando en el cerebro como una aguja. El eco del portazo de Dante todavía resuena en las cuatro paredes de esta habitación blanca y estéril.
Miro fijamente la madera de la puerta cerrada, esperando, con una estúpida opresión en el pecho, que se abra de nuevo. Que él regrese. Que me grite, que me reclame, lo que sea antes que este silencio aplastante que ha dejado tras de sí.
Pero la puerta no se mueve.
—¿Isabel?