Isabel
El sol de finales de verano entra a raudales por los inmensos ventanales de nuestra habitación en la mansión, dibujando rectángulos dorados sobre el suelo de madera. Dejo mi bolso de cuero sobre la butaca y respiro hondo, saboreando el silencio apacible que ahora inunda cada rincón de este lugar. Hace tres meses, este mismo silencio me habría parecido una tregua tensa, el preludio de otra tormenta. Hoy no.
Hoy es el sonido de la paz real, de una rutina que finalmente nos pertenece.
Las