121. Sacar a la bestia
Dante
Siento su mano cerrarse con fuerza alrededor de mi brazo, frenando mi avance de golpe. Me giro con los ojos inyectados en sangre, dispuesto a estamparlo contra el suelo si es necesario.
—No hagas esto, Dante —me dice, sosteniéndome la mirada con una determinación feroz—. No la cagues así. Independientemente de lo que hayáis hablado ahora en esa habitación, ella te necesita. Está rota, joder. Acaba de pasar por un trauma de la hostia. ¿Cómo la vas a dejar aquí tirada? No puedes marcharte y