123. Sigue siendo un bruto
Isabel
Las horas transcurren con una lentitud tortuosa. No he podido pegar el ojo. Cada vez que cierro los párpados, veo la expresión de Dante desplomándose antes de marcharse.
Casi al final de la tarde, el sonido de la puerta al abrirse me hace saltar en la cama con el corazón en un puño, esperando ver su imponente figura. Pero no es él. Es Tomás.
Entra con su habitual porte pulcro, vistiendo un traje gris que contrasta con la decadencia de este hospital.
Trae una carpeta bajo el brazo y una