Mundo ficciónIniciar sesiónDante
Si hay algo que no soporto es que no obedezcan. No lo había en lo anterior trabajo y mucho menos lo hago ahora que soy el maldito jefe.
Estoy seguro que fui lo suficientemente claro con Tomás cuando le dije que no quería involucrarme de ninguna manera con la testigo.
No lo necesito. Mi odio hacia Ramirez es combustible para mi cuerpo, no necesito ver nada más.
Pero por alguna razón me encuentro dudando con el dedo en el botón de eliminar en el correo, hasta que finalmente dejo salir una maldición y abro el archivo.
Si tiene que ver con esa rata, es mejor saberlo todo, me dijo mientras espero que el archivo cargue y cuando lo hace me encuentro viendo de frente el rostro más inocente que he visto en mi vida, para alguien que no es un niño.
Unos ojos grandes cafés y llenos de pestañas me reciben junto como una sonrisa de hoyuelos.
La chica no puede tener más de 22 años.
Sin darme cuenta me encuentro leyendo toda la información personal.
Nombre: Isabel Castaño.
Edad: 23
Ocupación: estudiante de música.
Al leer esto último me quedo paralizado. Estudia música… por un momento no me muevo y los recuerdos, esos que están incluso más dominados por los demonios intentan salir a la luz, pero los ahuyento.
Sigo leyendo ahora con el cuerpo tenso y no me pierdo que en información familiar solo hay una palabra: huérfana.
Aprieto la quijada odiando haber decidió abrir el puto archivo, porque sé que ahora mi curiosidad no se va a detener.
Cómo lo haría después de haber visto la inocencia en esos ojos. No recuerdo cuando vi algo así por última vez.
Por supuesto que en ninguno de mis trabajos ha sido. Ahí solo había sangre.
Bajo un poco más en el documento y entonces me quedo de piedra.
—Pedazo de m****a….—digo con los ojos fijos en la imagen de la misma chica de antes, pero ahora tendida en una camilla con el rostro amoratado, y la mirada apagada, no hay rastro de la inocencia.
Las notas médicas parecen brillar llamando mi atención:
Costillas rotas.
Sangrado interno.
Mano fracturada.
Pierna….
—Desgraciado… se la ha partido en tres.
Tomando un respiro vuelvo a subir hasta la foto inicial, perdiéndome en los hoyuelos, en el brillo inocente de sus ojos, antes de tomar mi celular y enviar un mensaje a los dos hombres que he asignado en este trabajo :
“ Quiero cámaras que reporten a mi sistema de seguridad en la casa que tienen a Soler, y un reporte diario de todo y lo quiero desde ahora”
Cuando lo envió miró una última vez a la chica antes de cerrar el computador antes de alejarme del estudio, pero la imagen de esa mirada inocente no me abandona.
Isabel
Ha pasado una semana desde que salí del hospital y, no tengo idea de cómo, Tomas Rios ha conseguido que la empresa del señor Volkob me dé seguridad sin cobrar un solo peso.
Debo aceptar que las cosas se me hicieron sospechosas al primo, pero el abogado me insistió en que hace estos trabajos por bonos cada tanto , así que no le di más vueltas. Además necesito la seguridad.
No he podido dormir tranquila ni siquiera con los dos hombres enormes en la entrada.
Esos mismos que son más serios que una piedra.
No puedo calcular cuántas veces he intentado hablar de algo que no sea trabajo y ellos se limitan a si y no.
Aún así lo intento otra vez. Camino hasta el robot 1.
—Voy a preparar la cena, ¿les gustaría compartirla ? Odio comer sola.
El silencio que le sigue a mis palabras se vuelve pesado cuando veo a ambos hombres intercambiar una mirada y me siento ridícula al instante.
Es obvio que no quieren.
—No se preocupen, olviden que lo he preguntado, no sé ni porqué lo hice.
Me giro apoyada en la muleta y avanzó hacia la cocina cuando escucho:
—No es que no queramos, es que no podemos distraernos en el trabajo. Son las órdenes.
No me doy la vuelta simplemente asiento.
—Entiendo.
Y lo hago… pero eso no quita el hecho de que estoy sintiéndome claustrofóbica. Estoy enloqueciendo en el encierro… necesito mi música.
—Voy a estar en mi habitación..—la mirada que ambos hombres me lanzan me hace sentir peor es de pura lástima.
Tragando el nudo que se ha formado en mi garganta voy hasta el baúl que me he traído a esta casa seguridad como todos la llamen y al abrirlo veo el pequeño violín que mi madre me compró antes de morir.
Hace años que no toco en este, pero hoy…. Hoy se siente como si debiera hacerlo.
El violín se siente más pesado de lo que debería cuando lo saco del estuche.
Mis dedos tiemblan ligeramente al recorrer la madera, reconociendo cada curva, cada imperfección. Es viejo… pero es mío. Siempre ha sido mío. Lo acerco con cuidado, casi con miedo, como si en cualquier momento pudiera desvanecerse entre mis manos.
Respiro hondo.
—Vamos…—susurro, más para mí que para cualquier otra cosa.
Ajusto la muleta a mi lado y hago el intento de ponerme de pie sin apoyarme demasiado. El primer segundo es soportable. El segundo… no tanto. El dolor sube desde mi pierna como un latigazo, pero aprieto los dientes.
No voy a rendirme.
No con esto.
Alzo el violín, lo acomodo bajo mi barbilla y cierro los ojos un instante, tratando de recordar. La postura. El equilibrio. La sensación de la música recorriéndome.
Levanto el arco.
Pero en cuanto intento sostener el peso, mi pierna falla.
El dolor estalla sin previo aviso y todo se desmorona.
—¡Ah…!
El arco se me escapa de los dedos, el violín resbala y apenas alcanzo a sujetarlo antes de que caiga al suelo. Mi cuerpo cede, incapaz de sostenerse, y termino de rodillas, jadeando, con la respiración descompuesta y la vista nublada.
No.
No, no, no…
Aprieto el violín contra mi pecho como si pudiera fundirme con él, como si así pudiera evitar que esta realidad me arranque lo poco que me queda.
Pero no funciona.
Nada funciona.
Un sollozo rompe el silencio antes de que pueda detenerlo y niego con la cabeza, sintiendo cómo algo dentro de mí se quiebra de forma definitiva.
Trago saliva, sintiendo el vacío abrirse paso en mi pecho.
—Ya no puedo… ya no soy nada. Soy solo una pieza de evidencia…—murmuro, con la mirada perdida—esperando a ser eliminada.
El silencio que sigue es ensordecedor.
Y entonces… Las luces parpadean y escucho pasos apresurados fuera de la habitación antes de que la puerta se abra y uno de los hombres aparezca, por la expresión en su rostro sé que algo malo est´pasando.
—Señorit necesito que se quede en la habitación y sin importar lo que pase o escuche, no salga. ¿Está claro?
El miedo llega con una rápidez impresionante y se agarra a mis tripas sin piedad.
—¿Qu-Qué está pasando?
El grito de otro de lso guardias llamando al que me acompaña me pone los vellos de puta, en especial cuándo oigo que dicen:
—¡Ya vienen!
—¿Quién viene?—pregunto aunque en mis adentros ya lo sé.
—Estamos bajo ataque.
Vienen por mí.
El corazón empieza a latirme con fuerza contra el pecho, tan fuerte que duele. Me obligo a moverme, ignorando el dolor, arrastrándome como puedo hasta el armario. Mis manos tiemblan tanto que casi no logro abrirlo.
—No, no, no…
Entro como puedo y cierro la puerta con cuidado, quedándome completamente a oscuras. Abrazo el violín contra mi pecho, aferrándome a él como si fuera lo único que me mantiene cuerda.
Mi respiración es demasiado ruidosa. Demasiado rápida. Intento controlarla, pero no puedo.
Y entonces… Un golpe.
Seco. Fuerte. Viene de afuera y yo me quedo completamente inmóvil. Reteniendo la respiración y apretando el cuerpo contra la pared del armario como si así pudiera hacerme invisible.
Otro golpe.
Y otro.
Entonces empiezan: Gritos. Disparos.
El mundo estalla al otro lado de la puerta y cierro los ojos con fuerza, encogiendo el cuerpo mientras cada sonido atraviesa mi piel como una aguja.
Ya está. Así es como termina para mí… Aprieto más fuerte el violín, enterrando el rostro en él mientras las lágrimas empiezan a caer sin control.
—Por favor…—susurro, sin saber a quién le hablo—por favor…
Un estruendo ensordecedor sacude la habitación. La puerta… la puerta ha cedido. El miedo se derrama en mi torrente sanguíneo como lava y las lágrimas empiezan a salir por sí solas.
Entonces todo se queda en silencio por un segundo.
Un segundo que se siente eterno. Y luego… Pasos.
Pesados. Firmes. Implacables.
Se acercan. Puedo sentirlo y mi corazón suena al ritmo de ellos. Mi cuerpo tiembla sin control mientras me encojo aún más, esperando… esperando el final.
La puerta del armario se abre de golpe. La luz me golpea de frente y cierro los ojos por reflejo.
No grito.
No puedo. Solo me tapo el rostro con las manos esperando lo peor hasta que siento unas manos firmes sujetarme y es ahí cuando me muevo, Forcejeo,pataleo e intento soltarme, pero entonces un gruñido llega a mis oídos.
—Mírame Isabel.
La voz es baja. Grave. Autoritaria. Es una orden en todo el sentido de la palabra y no sé por qué, pero termino obedeciendo.
Abro los ojos lentamente.
Y es entonces cuando lo veo. Es enorme. Oscuro. Peligroso.
Pero no es eso lo que me deja sin aliento. Son sus ojos: Fríos. intimidantes y de un azul tan oscuro que prece negro. Llenos de algo que no sé nombrar… pero que me hace entender, en un segundo, que este hombre no pertenece al mismo mundo que yo.
—¿Quién eres?—consigo preguntar aún con el cuerpo temblando.
Noto como su quijada se aprieta al escucharme antes de responder.
—Soy quién va a mantenerte con vida.







