—Vaya, las apariencias engañan —murmuró Efraín.
Aunque se veía delicada, su forma de hablar era increíblemente directa y desenvuelta.
—¿A qué te refieres? No te entiendo. Ustedes los adultos siempre hablan con rodeos. ¿Y bien? ¿Ya pensaste a dónde vamos? —insistió ella, ladeando la cabeza para mirarlo.
—Lo siento, estoy muy ocupado, no tengo tiempo para salir. Y sobre lo de anoche, no fue nada, solo te hice un favor. Cualquiera hubiera hecho lo mismo, así que no te preocupes. Ya vete a tu casa.