Bianca caminaba por las calles de Ámsterdam envuelta en una larga gabardina. Llevaba una semana en aquella ciudad cautivadora y reconfortante. Hacía mucho que no pensaba en nadie más; de pronto, sintió como si nunca hubiera sufrido, como si todo lo que había ocurrido le hubiera pasado a otra persona. El dolor de su pasado se sentía lejano, casi ajeno.
Muchas noches soñaba con la gente que había dejado atrás: su papá, su mamá, su hermana y su cuñado. También aparecían Efraín y Francisco. Se dio